martes, 31 de marzo de 2015

El antisemita y racista origen de la semana santa (texto corregido).

Por Sergio Fernández (@Serxiuxo en Twitter).

La semana santa es, para los comedidos cristianos, la conmemoración de la pasión y muerte de Jesús. Según el calendario lunar, la noche, la lluvia y las estrellas, iniciando el domingo de pascua, los días más importantes son el jueves, viernes, sábado y, de sobre manera, el último domingo de resurrección; asimismo, aunque sabrá alguien qué signifique tal cosa, para la cristiandad porta un carácter fraternal ya que es, sustancial y fundamentalmente, no tanto un compromiso de filiación semejante al de algún legislador en campaña, o la rúbrica fulgurante de la ceniza en la frente, como sí una sintaxis de pertenencia al mundo y la fragua de sus generalidades; no les gusta saberse solos, pues, como a ninguno de nosotros tampoco. Quizás de tal abstracción sacrificante se ha fecundado el cansadísimo hábito de las desmañanadas en domingo para ir a la iglesia, y luego resucitar de una tibia resaca mientras las ansias de una tarde frente al televisor se vuelcan imperturbables. 

Durante las infinitas crisis de ingobernabilidad del bajo imperio romano, y el asecho revolucionario de las tribus bárbaras circundantes que reclamaron una rebana de pastel al emperador hasta dividir el territorio peninsular, el Dominado, periodo despótico de anarquía militar, revueltas y hasta inflación en los mercados, acumuló las sobras de motivos políticos para darle al gobierno absoluto un emperador sobre el que se recolectaría el estatus único del ejercicio del poder político y el derecho. En medio de aquella transición del Principado al Dominado romano, a alguien tenía que ocurrírsele que al estado divino de las leyes le urgía la aprobación no solamente de la nobleza tanto como el de los esclavos, los artesanos, la clase trabajadora y la milicia; habría que asignarles algunos días oficiales de asueto, reflexión, calma y atole, y un pretexto para recordarles a su madre, a Jesús y sus libros, o lo que cuentan que escribieron sobre él, quien venía otorgándoles la gracia histórica del señor de los cielos para estar al mando, desde hacía unos siglos atrás. Cualquier parecido con la actualidad es mera coincidencia.

Así, fue durante el Concilio de Nicea I, en el año 325 y convocado por el emperador Constantino I y el obispo San Osio de Córdoba, con el inminente derrumbe del Imperio Romano y el hambre de la unificación de la iglesia cristiana, donde se estableció que la pascua habría de ser celebrada bajo ciertas restricciones y amenidades. Primero, pues, sería en domingo; nunca en shabat judío, no vaya a ser. Luego, que no se empalmara jamás de los jamases, Jesús de Veracruz, tampoco con la pascua judía que se celebra cualquier día y no estrictamente el séptimo de la semana. Finalmente, fue don Dionisio el Exiguo, el fundador del cálculo de la era cristiana, quien pusiera orden entre alejandrinos y romanos para definir el día de la pascua. 

Cito: "La pascua de resurrección será el domingo inmediatamente posterior a la primera luna llena, tras el equinoccio de primavera, y se debe calcular empleando la luna llena astronómica. Por ello, puede ocurrir no antes del 22 de marzo y el 25 de abril como muy tarde."

Amén. 

Muchos siglos después, para el siglo XIX, el protestantismo luterano que también celebra la semana santa a su manera, enfocada a la pasión de Jesús, encontraría su cresta epistemológica en la industrialización alemana y el pragmatismo sociológico. 

Cito del “Antisemitismo jalifista” (http://www.sdpnoticias.com/columnas/2013/02/14/el-antisemitismo-jalifista, mi columna del día 14 de Febrero de 2013): "Toda la obra de Weber es fundamental y orgánicamente antisemita, no sólo redujo la metodología del materialismo marxista sino que contribuyó con abundantes herramientas, una tras otra, a la conceptualización de lo espiritual como agente subordinante, o subordinado, de la actividad económica. Pensaba, pues, que la comunidad judía, debido a su orden espiritual, tiene una concepción distinta de las esferas políticas y económicas y, por tanto, habrían de participar, históricamente, en menor proporción en las capas ilustradas de la industria. Así, diferenció el acercamiento de la comunidad judía y católica, respecto a la protestante, y la sustancia de las relaciones de trabajo entre estas, con las actividades económicas exitosas a partir de las capacidades de trabajo e inclinaciones donde, según el autor alemán, serían los protestantes los que escalarían los puestos superiores del proletariado ilustrado y de la burocracia industrial hacia el progreso económico." 

Por tanto, concluyo enfáticamente que cada acto de fe cristiana y protestante, como la conmemoración de la semana santa, ha reducido, históricamente, las posibilidades de conciliación con la comunidad judía. 

Me voy de vacaciones, santos. Es cuanto.

jueves, 19 de marzo de 2015

Retrospectiva de las movilizaciones estudiantiles, un síntoma de crisis nacional. Tlatelolco-Ayotzinapa-IPN.

Por Sergio Fernández (@Serxiuxo en Twitter).

“Gracias, muchachos politécnicos”.

Desde aquella tarde roja del 2 de Octubre de 1968, cuando 15 mil balas, anunciadas por las bengalas rojas que cayeron del helicóptero de la Secretaría de Defensa, cortaron el espeso aire antes de que el sol pudiera esconderse; desde los palomares de la iglesia de Santiago y los balcones de los edificios aledaños, mientras la cobarde brigada blanca protegía a 5 mil militares que no dejaron un solo estudiante de pie en los adoquines de Tlatelolco, tras 300 muertos, 700 heridos y 5 mil detenidos, muchos de ellos desaparecidos, no salían a las calles de la ciudad tantos alumnos politécnicos a protestar por una causa en común, como en septiembre del año pasado.

En abril de 2013, un grupo de jóvenes tomaron la rectoría de la UAM-I, siendo rector de la universidad don Enrique Fernández Fassnacht, actual director del Instituto Politécnico Nacional. Esa misma tarde, las instalaciones le fueron entregadas, y recibidas también por Javier Velázquez Moctezuma, entonces rector del plantel Iztapalapa, con muchos ánimos de diálogo y pocas ganas de confrontación, tras los sucesos ocurridos en la máxima casa de estudios, cuando la decisión del Tribunal Universitario de la UNAM de expulsar definitivamente a cinco estudiantes del Colegio de Ciencias y Humanidades Naucalpan, que también había sido tomado anteriormente, movilizó a su comunidad a tomar la rectoría general. Se trató de los casos de los jóvenes José Luis Ramírez Alcántara, Irene Pérez Villegas, Brenda Vaca Aparicio, Luis Hugo Arratia Zárate y Jorge Mario González García, lo que provocó a su vez la febrícula de la comunidad uamera de solidarizarse con sus colegas universitarios. No pasó nada más.

La última fecundación irreversible de un movimiento estudiantil, que durante el último par de años tuvo algunos ápices democráticos que no fueron muriendo al despertar los albas y más o menos perduraron, fue la novedosa e inesperada incorporación de la comunidad estudiantil de las universidades privadas a los ya de por sí complejos grupos políticos, durante el año electoral de 2012, que marcaron una tendencia, a fin de cuentas mucho más ideológica que sustancial en las urnas per se a una imposición de los grandes consorcios que los acarreados acreditaron con sus huellas dactilares el día de la elección. Aquella ocasión, los que nos sentamos detrás de un escritorio a leer las notas sobre lo sucedido en la Universidad Iberoamericana, tras la visita del entonces candidato Enrique Peña Nieto, catalizó nuestros pretextos para llevarnos casi inmediatamente, a algunos y no tan pocos, a las calles para mentarle la madre a toda la clase política presidenciable, e instalar un barricada de panfletos alrededor de la cadena televisiva que, hasta hace poco, había mantenido firme un pacto sin rúbricas públicas pero de un jugoso pasado donde se beneficiaron por muchos años, desde los herederos de Atlacomulco y Coahuila, la primera dama por supuesto, y las empresas que rentaron y arrendaron la obra pública más cara de la historia, entre muchos otros tantos.

El #YoSoy132, pues, del que muchas organizaciones políticas colgarían sus ganchos, fue un perchero que oscureció  con sus brazos muchas de las amenazas de políticas públicas y compromisos de los que pretendían la presidencia. Sin embargo, muchos otros análisis concluyeron que, en su zenit, los movimientos estudiantiles que surgieron entonces enriquecerían algunos motivos de la tibia izquierda institucional, ni tan zurda que digamos, y que terminó navegando en un mar de vacilaciones del centro político, y en un particular extremo, hacia algunos sectores conservadores que los panistas supieron aprovechar.

Ganó el PRI la presidencia ese año, nunca fue elegido un presidente priísta con tan pocos sufragios. Independientemente de los casos probados de coacción del voto y rebaso de tope de gastos de campaña, que el Tribunal Electoral nunca certificó, las redes sociales y medios independientes de información y comunicación social, durante el año electoral, fueron un dolor de cabeza para el presidenciable del tricolor. Las cifras oficiales de los comicios de 2012 son: Enrique Peña Nieto, 19, 226,784 votos, 38.2%, Andrés Manuel López Obrador, 15, 896,999, 31.5%, Josefina Vázquez Mota, 12, 786,647, 25.4%, y el resto. Sin embargo, no es la crítica, ni los alumnos de la Ibero que terminaron con cargos públicos o paneles de análisis en Televisa, como tampoco el descontento ciudadano en general, y generalizado, los responsables de la crisis de gobierno del ahora presidente; y, más bien, es la inconformidad un sólido indicador negativo de la manera en que se ha venido ejecutando el poder político en estos años de gobierno. Primero, la crisis tras su toma de protesta; inmediatamente después, su primer, y segundo para el partido, error de diciembre con el que se estrenó en Los Pinos; de acuerdo con datos publicados por el Inegi, en el periodo de Enero a Marzo del de 2013, durante sus primeros tres meses de gobierno, las actividades económicas primarias del país crecieron apenas en un 2.8%, las secundarias tuvieron un déficit del 1.5% y las terciarias se incrementaron apenas en un 1.9%, brincando al barco de salvamento de la banca comercial para ampliar la capacidad de crédito del país, una estrategia disparatada no tan rentable como sí riesgosa (mi columna, 2 de mayo de 2013, Síntomas Irreductibles de un mal gobierno: #PactoPorMéxico #Robles #LadyProfeco, Librero, de http://libreropolitico.blogspot.mx/2013/05/sintomas-irreductibles-de-un-mal.html). Luego, el anuncio de la apertura de Pemex al capital privado (mi columna, 20 de mayo de 2013, Peña Nieto y otro error de diciembre. La desaceleración económica y el incremento del PIB más bajo en 4 años, Librero, de http://libreropolitico.blogspot.mx/2013/05/pena-nieto-y-otro-error-de-diciembre-la.html), y el resto de las reformas estructurales que han condenado al país, por un periodo sumamente más extenso que en el que se gestaron y promulgaron, a la desestabilización y crisis en todas las esferas y sectores cuantificables.

En ese espacio del sector productivo paraestatal, y a propósito del tema, el Instituto Politécnico Nacional, desde hace unos años, ha prestado sus servicios a Pemex. Actualmente, a través de los Grupos de Análisis de Integridad de Ductos (GAID) y Grupo de Análisis de Riesgos e Ingeniería (GARI), con sede en la Escuela Superior de Ingeniería Química e Industrias Extractivas (ESIQIE), en la Unidad Profesional “Adolfo López Mateos” (Zacatenco), se realizan labores de mantenimiento, inspección y reparación de instalaciones de Petróleos Mexicanos, en las distintas entidades del país (mi columna, 25 de junio de 2013, IPN, proyectos vinculados y convenios. ¿Transparencia?, Librero, de http://libreropolitico.blogspot.mx/2013/06/ipn-proyectos-vinculados-y-convenios.html).

¿Y los estudiantes del Politécnico, qué? He tenido la fortuna de pertenecer a las tres grandes instituciones del país, la UAM, la UNAM y el IPN, como alumno, egresado y actualmente empleado. En toda mi estancia, jamás viví un acontecimiento tan grande en el Instituto Politécnico Nacional como el del 26 de septiembre de 2014. Cerca de 100 mil alumnos marcharon a la dirección general, desde distintos puntos y de casi todos los centros de nivel medio y superior de la ciudad del Instituto, para exigir la derogación a las modificaciones al plan de estudios, que entre los resquicios de unas noches atrás, el consejo general consultivo, bajo la dirección de la señora Yoloxóchitl Bustamante, había aprobado; un acto sin precedentes. Y entonces, tres días después, tras el paro de actividades de casi todos las escuelas en Zacatenco, cuando la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura ya llevaba unas semanas cerrada, en Santo Tomás, y el resto de las unidades como de los CECyT´s, marcharon casi la misma cantidad de alumnos a Segob, donde el secretario Miguel Osorio Chong ya los esperaba con un templete entre Bucareli y Reforma. Una parte de la comitiva subió y entregó al titular de la secretaría de gobierno un pliego petitorio encabezado con la renuncia de la entonces directora, que un par de días después fuera contestado, movilizándose nuevamente muchos miles de alumnos al mismo sitio para recibir la respuesta. Los estudiantes dieron un no, público y contundente, a la resolución del pliego, la Asamblea General Politécnica anunciaba un paro general indefinido en todos y cada uno sus centros educativos y las asambleas locales de cada escuela empataban, de manera general, sus pliegos petitorios: El despido y auditoría a la señora Yoloxóchitl Bustamante, directora general, derogación del plan de estudios, salida de la PBI de las instalaciones y respuesta inmediata a los problemas del politécnico por parte del gobierno federal.

Unos días antes, la noche del 26 de septiembre, 43 estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, en Ayotzinapa, fueron secuestrados por presuntos militares mientras preparaban su llegada a la capital del país, con motivo de la conmemoración de la matanza de Tlatelolco, el día 2 de octubre. Ayotzinapa, las movilizaciones estudiantiles y el gobierno de Guerrero tienen un pasado oscuro; alguna vez, cuando Raúl Caballero Aburto gobernaba en 1960, se cocinó una matanza de 19 estudiantes en la alameda Francisco Granados Maldonado, a manos de militares, cuando el Comité de Huelga de la Federación de Estudiantes del Colegio del Estado exigía derechos, recursos y reformas a la Ley Orgánica de la recién creada Universidad Autónoma de Guerrero. Posteriormente, el 12 diciembre de 2011, elementos de la policía federal asesinaron a dos alumnos de la misma Normal Rural de Ayotzinapa, mientras mantenían un bloqueo en la Autopista México-Acapulco; la cosa se maquilló con la renuncia del procurador de justicia del estado, Alberto López Rosas, “para no obstruir el propósito de la justicia”, y el infortunio de las lamentaciones irascibles del entonces gobernador, Angel Aguirre Rivero, hoy prófugo de la justicia.

Al movimiento estudiantil del Politécnico del 2014 se le sumaría entonces un reclamo nacional de justicia por las desapariciones, aún sin resolver, de los 43 normalistas. Diversos sectores de todo el territorio no sólo nacional se sumaron al movimiento que aún exige al gobierno federal, incluso tras la reciente renuncia inminente del desafortunado procurador de justicia, Murillo Karam; uno de ellos, la comunidad politécnica. Es importante mencionar que la última huelga general de la UNAM, iniciada el 20 de abril de 1999, fue disuelta por elementos de la entonces Policía Federal Preventiva, así como del ejército, bajo la instrucción del entonces presidente Ernesto Zedillo, que concluiría con una jornada violenta, donde se violaron no solamente los mismos e irreductibles principios de autonomía de la Universidad Nacional, sino los derechos de más 800 estudiantes detenidos, y de toda una comunidad universitaria entera.

Entonces, ¿qué contuvo al presidente y al secretario de gobernación de usar la fuerza pública federal para reventar el paro del IPN? Desafortunadamente, Ayotzinapa. Los 43 estudiantes, colegas, hijos, hermanos, en algunos casos padres, universitarios, jóvenes… mexicanos, pues, desaparecidos, y la presión de muchísimos sectores al gobierno federal para esclarecer los hechos, incluso del sector productivo y diplomático internacional, abrieron un triste pero oportuno espacio para la gestación de un insólito, incómodo e imperturbable movimiento estudiantil del Instituto Politécnico Nacional; y lo sostengo enfáticamente, si los reflectores no hubiesen volteado a Zacatenco, dadas las hostiles circunstancias tras la desaparición de 43 estudiantes en Guerrero, como en 1999 en CU, en una noche los federales habrían limpiado la zona.

Me parece fundamental en todo el hecho vislumbrar el movimiento estudiantil politécnico como un movimiento social que no respondió a las necesidades de ninguna corriente, particularmente a las de la izquierda institucional como en 2012 ocurrió con los alumnos de la Ibero. La izquierda en América Latina es muchas cosas, y la suma de ellas, como los sesgos entre las mismas. Pienso que mientras la izquierda institucional, la de cualquier país, no consiga su filiación que le permita emancipar y generalizar su discurso, como clase política de oposición, con todas las demás izquierdas, la de abajo, la de los lados y todas ellas, cuales quiera que existan, no logrará equidad legítima de fuerza política contra los instrumentos de coacción diestros, que bien definidos tienen su carácter y magnitud de acción, y la suma de poderes de facto que adversa. Así, los hechos ocurridos en el IPN encontraron su propia legitimación, y por supuesto la de los órganos de gubernamentales y las secretarías de estado de gobierno, educación y hacienda; tras 41 días de paro, daría inicio, el 4 de noviembre de 2014, la primera mesa de diálogo entre representantes del gobierno federal y de la Asamblea General Politécnica, transmitida por Canal 11 en cadena nacional. Nunca, en la historia del país, jamás, empleados de las secretarías de estado habían asistido a las instalaciones de una institución educativa en huelga, en diversas ocasiones, ratificado el nombramiento de un nuevo director, el caso del señor Fernández Fassnacht, firmado públicamente una serie de acuerdos que concluyeron con la recalendarización de un periodo escolar y el compromiso de llevar a cabo un Congreso Nacional, donde se formularían modificaciones al reglamento interno, a la ley orgánica y a otro tipo de normatividades vigentes del Instituto. Solamente hacían por lo que les pagamos todos, su trabajo.

Este movimiento, se reconozca o no, incluso se quiera íntimamente o no, cambió el sentido de la educación pública del país para siempre; nos recordaron, a quienes formamos parte del Politécnico, que no solamente nuestra razón de ser en él sino nuestra propia vocación de servicio se las debemos a nuestros estudiantes. Nos recordaron también que la organización pacífica, pero primeramente justa, de las causas que emanan de los propios conflictos del mismo, va más allá del despido del 90% de sus directivos, de la apertura de espacios para la información y divulgación de las cosas que la comunidad estudiantil, como la de profesores y personal de apoyo, tenga que decir, va más allá de la efigie de lucha per se de la democratización sobre los papeles y documentos que la respalden, va más allá; y, entonces, toma una remembranza mucho más profunda. Definitivamente el Politécnico no es el mismo, y lo digo con entera firmeza, se siente, incluso en estos días de cambios estructurales y acomodamientos prácticos tanto como administrativos, mucho mejor. Gracias, muchachos politécnicos.

martes, 17 de marzo de 2015

Carmen Aristegui, de la postura a la censura.



Vía Sergio Fernández, (@Serxiuxo en Twitter).

A nuestros imperturbables lectores.

A Carmen Aristegui, por supuesto.

Librero, para variar, fue objeto de críticas burdas por algunas publicaciones recientes sobre los acontecimientos entre Carmen Aristegui y la familia Vargas, dueña de la cadena MVS, que hicimos el fin de semana; en boca de algunos bravucones por manipular la información, o dejar manipularnos.

Librero es, por si acaso se puntualiza saberlo, un pequeño cuarto oscuro donde coinciden muchos demonios coincidentes de los amigos que colaboramos en él. Librero se ha convertido en nuestra primera taza de café para estrenar los días, la sobremesa, la guarida de la trasnoche y la religiosa mentada de madre al presidente antes de dormir. Librero es una figura abstracta de libertad y expresión, y de libertad de ella; Librero no es una empresa, de ninguna manera entonces es un negocio; en Librero no labora nadie, pues, sino que colaboramos todos.

Resulta ser Librero para todos nosotros un infante con febrícula matutina, es en sí mismo nuestra suma de pequeñas inquietudes y preguntas, un medio de información, un blog, una reducida dimensión amorfa de disparates; una sala de ensayo. Nuestra misión es crear un canal de libre difusión, denuncia y expresión, y por esos motivos que nos tienen aquí, aunque no sean una gran cosa ni la suma de ellos, los lectores a quienes podamos tocar, a quienes podamos decirles algo, deben saber que, la concentración de ideas periódicas que forman la página y este espacio, no puede tolerar la censura; su consecuencia nos es infraguable.

Librero somos madres, estudiantes, profesionistas, amas de casa, comunicólogos, lectores y hasta aficionados al fútbol. Librero no es más que un sofá cama, tampoco es la gran cosa, como les contamos antes, ni resulta irreductible, pero esta diminuta caja de ideas brotantes, donde nuestros demonios son libres, detrás de nuestros nombres, es inalienable; ni puede venderse ni habrá loco o sensato quien la compre tampoco.

Habremos coincidido entonces con ustedes en que Librero no es, asimismo, mucho más que un conjunto de ideas que por algunas y recalcitrantes causas preferimos hacerlas públicas por este medio que por otros personales. Librero informa, no vende, y en el ejercicio más sustancial y empírico de ese acto, nos sumamos, a nombre de cada uno, a la lucha contra la censura de la información pública, de cualquier índole, color y sentido.

El ejercicio de los oficios de la comunicación, particularmente el periodismo, es una de las actividades más riesgosas del país, incluso después que ser un desdichado policía. Desconocemos los motivos personales de Joaquín Vargas, restaurantero en Monterrey antes que periodista, o los de la misma Carmen, para finalizar su relación laboral, aunque con un prejuicio de las causas políticas y financieras de MVS y de las profesionales de la periodista, sabiendo que se le condicionó a un panel único y local de edición de información antes de divulgar cualquier cosa en su programa de radio, y tras la persecución de oficio de sus colaboradores por hacer públicos los contratos de arrendamiento entre Juan Armando Hinojosa Cantú, dueño de grupo Higa y uno de los grandes beneficiarios de la obra pública más reciente y costosa, y la esposa del presidente, la señora Angélica Rivera, con presuntos recursos del erario federal.

Carmen, que en anteriores y diversas ocasiones ha sido censurada por la veracidad de su trabajo, como en 2007 cuando las relaciones entre Televisa y el consorcio noticiero Prisa cocinaron una guerra sucia en su contra, mientras el cuñado del ex presidente Felipe Calderón, Juan Ignacio Zavala, fungía como gerente de edición del diario español El País.

Así, #EndefensadeAristegui, para concluir, es un hashtag que puede leerse, si gustan los que gusten, en defensa de la libertad de expresión per se en defensa de los oficios de la comunicación.

Fin del comunicado.

lunes, 2 de marzo de 2015

El calor

Vía Erick Blasnich (Facebook).

Es una tarde clásica de verano, un calor insoportable, pero estás sola en casa y te paseas cómodamente sólo en ropa interior, con una cerveza helada en la mano, escuchando «your body is a wonderland» (de John Mayer) a todo volumen, y sabiendote sexy, te sientes aburrida con ganas de provocar al mundo para sentirte deseada, lo cual sabes que no es ningún problema, sólo basta que tú quieras. Así, pues, te asomas por la ventana con una mirada aventurera, cazadora, guiada por esa lujuria traviesa muy tuya. Miras a los hombres que pasan y fantaseas posibles encuentros con cada uno que ves y ríes, pues la mayoría no son lo que te gusta pero aún así fantaseas con ellos y te encuentras inmersa en esos encuentros imaginarios, cuando tocan a tu puerta vuelves a tu realidad y te pones una corta y delgada bata que deja ver tus firmes y bien torneadas piernas y que, a su vez, remarca tu silueta delgada, sólo la cierras enfrente de ti con uno de tus brazos mientras abres la puerta. Para tu sorpresa, es un hombre diferente a los que mirabas por la ventana, un tipo alto, bronceado, de cuerpo atlético algo desaliñado con barba de tres días, con un abdomen muy marcado y unos grandes pectorales cubiertos en sudor que reflejaba la luz del sol, lo miraste de arriba a abajo admirando su tatuado brazo izquierdo (mientras te preguntabas si acaso el destino estaba contestando a tus deseos del día). 
-Buenas tardes -te dijo, rompiendo tu concentración.
-No soy de aquí, vengo de paso, y disculpe la molestia pero la miré por la ventana y se me ocurrió que podía pedirle una cerveza, y considerando el calor pensé que no sería molestia para usted.
-¡Claro! -dijiste, soltando tu bata de manera que pudiera él admirar tu vientre plano y algo más, mientras pensabas «te invito una cerveza y quizá otra cosa».

Ya dentro de tu casa, espera de pie en la sala sin despegar la vista de ti mientras te diriges a él con la cerveza fría en la mano.
-Nada mejor que una buena cerveza fría con este calor -dijiste.
-Cierto, ¡no hay mejor combinación que la cerveza fría con un cuerpo caliente! -te contesto sin poder disimular lo tanto que le excitaba verte de esa manera.
-Esa es la mejor respuesta que pudiste darme, te la has ganado, toma tu cerveza -dijiste mientras la vertías sobre tu cuerpo, dejando escurrir desde tu cuello, por tu pecho y mojando tus senos, tu vientre y tu suave, perfectamente depilada, y previamente húmeda vagina aún cubierta por esa sexy lencería que ahora combinaba la cerveza con el sabor dulzón de tú sexo, para seguir escurriendo por tus piernas.

Sin dudarlo un segundo, él se dirigió a ti y te sujeto por los hombros guiándote al sofá, y se dejó caer en el piso tomando uno de tus pies sorbiendo de él la ahora tibia cerveza que calentó tu cuerpo y que le dio un sabor exótico al mezclarse con tu sudor y tu jugo sexual. Al momento que sujeta tu pierna, tú te estremeces separando tus piernas y arqueando tu espalda (dejando caer la botella de cerveza) mientras él recorre lentamente tus piernas subiendo hasta llegar a lo más íntimo de tu ser, sorbiendo de tu ropa interior toda esa humedad acumulada, mientras sujeta tus bragas y las quita lentamente sin apartar sus labios de tu sexo, el cual se come con avidez mientras gimes de placer inesperado, Sólo sujetas su cabello sin pensar, y pides que no se detenga... 
-Es la cerveza más deliciosa que... 
-¡Calla! -le dices mientras lo jalas hacia ti con fuerza.

Él sujeta fuerte tus nalgas mientras hunde su lengua en ti y acaricia con ella los contornos de tu intimidad y lame, y succiona tu clítoris mientras gimes de placer y te quitas tu sostén para acariciar tus senos. Introduce dos de sus dedos en ti y los mueve con rapidez sin dejar descansar tu clítoris con las caricias de su lengua. No puedes controlarlo y explotas de placer mojando su cara mientras tu sexo se contrae y tus piernas tiemblan. Él se pone de pie, te toma por las caderas y te levanta dándote la vuelta e inclinándote hacia enfrente, sujetando firmemente tu cabello con su brazo tatuado y tomando con fuerza tu cadera con el otro, mientras entra en ti tan fácil debido a tus jugos que aún escurren de ti, y puede dejarse ir hasta el fondo que golpea duro tus nalgas con su cuerpo ardiente y te hace gritar y entra y sale de ti a un ritmo ascendente que te enloquece, una y otra vez sin soltar tu cabello y ahora sujetando tu hombro derecho con su otro brazo, aumentando la fuerza con la que te penetra sin parar una y otra vez, que no puedes creerlo y te corres de nuevo. -¡Oh, dios! -gritas.

Se te doblan las piernas y él sujeta tus caderas levantándote nuevamente y girándote, tus piernas aún tiemblan y te deja caer de rodillas frente a él y, antes de que puedas decir o pensar en algo, ya sujetó tu cabeza por tu nuca e introdujo su miembro caliente y mojado de ti en tu boca, y se empuja hasta el fondo ahogando tu garganta, jala tu cabeza y la sostiene sin salir de ti por unos segundos para luego salir y volver a entrar una y otra vez. Sale de tu boca y sin soltar tu cabello te jala suavemente pero con firmeza, y te arroja al sofá y se agacha, toma tus piernas y las coloca en sus hombros, se inclina sobre ti y penetra tu húmeda vagina muy lento mientras rodea tus piernas sobre sus hombros para sujetar los tuyos y tomarte con fuerza, sale nuevamente de ti, muy lento -¡Uf! -suspiras, y de pronto arremete con fuerza (gritas y gimes sin control) y él continúa con fuerza y rapidez mientras tú clavas tus uñas en los cojines del sofá -¡Oh, por dios! -gritas nuevamente y él continúa como una máquina latente dentro de ti, sin parar, intensamente, tu cuerpo no resiste más...
-¡Oh, sí!, -tu cuerpo se contrae y tiemblan de nuevo tus piernas.
-¡Ah!, -exclama él mientras sale de ti, deja caer tus piernas a sus costados y chorrea todo su semen viscoso sobre todo tu cuerpo mezclándose con tu sudor.

(Ha sido más de lo que imaginabas, tu cuerpo no responde ni deja de temblar mientras aún sigues sin aliento).
-¡Ha sido la mejor cerveza de mi vida! -dice él recogiendo la botella con lo que restaba de líquido en ella y dirigiéndose a la puerta).

Tú estás rendida en el sofá, aún en éxtasis, sin poder decir palabra alguna y sólo lo miras marcharse.
-¡Quizá vuelva por aquí cuando tenga sed! -dice él sin mirar atrás, cerrando la puerta al salir.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Cafés pendientes.

Vía Sergio Fernández, @Serxiuxo

Aún sin aprobarse por la Cámara de Comercio, ni oficialmente por las cadenas más importantes de cafeterías del país, algunos establecimientos de la Ciudad de México han implementado el hábito del Café Pendiente, contemporáneo y muy común en Europa, que consiste en dejar pre pagada una bebida en una cafetería para que la próxima persona en entrar, que no cuente con los recursos suficientes, lo reciba.

Como están las cosas, si no es que las mafias de gremios ambulantes monopolizan dicha costumbre y al rato cobran por credencialización, un tanto incierto es que el capitalino promedio se atreva a entrar a pedir un café gratis a un Starbucks en la Condesa, por decir cualquier cosa, que alguien haya pagado previamente.

El consumidor promedio en las grandes ciudades del país, México, Guadalajara y Monterrey, que regularmente compran en las principales cadenas de cafeterías, no necesariamente ordenan siempre café; muchas veces su mismo menú es ineluctablemente corto, pues predominan las infusiones, smoothies, batidos, frappés y otras tantas cosas que no llevan una sola gota de café. Ahora, la preparación del café es más bien un arte falible que un método puntual; si bien muchos establecimientos independientes no cuentan con la capacitación suficiente para preparar un café decentemente bebible, son en su minoría los mismos rincones ocultos y séquitos cafeteros íntimos los que ofrecen una bebida de mejor calidad, por supuesto elaborada con productos locales y presumiblemente más frescos que el resto de las cadenas repartidas por doquier en cuanto centro comercial imaginen.

Es cierto que la oferta de mezclas sudamericanas, asiáticas o africanas generalmente sólo pueda encontrarse en Starbucks, pero la sustancia misma de su misión y concepto rompe inmediatamente el paradigma de las cafeterías tradicionales, a menos que encuentren rápidamente el concilio entre el fastidio de la pubertad que lo atiborra y las mesas vomitando tabletas y equipos portátiles inmóviles de esos muchos hipsters idescriptibles. Además, escurriéndose por ahí en la Condesa, Coyoacán, la Roma, Portales, la Del Valle, la Narvarte o el mismo Centro Histórico, encontramos un sinfín de lugares donde podemos escrudiñar muchos sabores de cafés nacionales, principalmente oaxaqueños, chiapanecos o jarochos.

El café es social, y un pretexto también. Promovamos nosotros los cafeteros los cafés pendientes, y rompamos de una buena vez nuestras incapacidades de filiación idiosincrática de las penas ajenas. Dicen, los que saben de esto un poco y aquello otro tanto, que más vale latte en la mano que buitre volando, o una cosa así.

lunes, 10 de marzo de 2014

Ernesto.

Vía Sergio Fernández, @Serxiuxo

Al fugarse la Luna no recordé nada más. Mi infancia vespertina encontró muchos coloridos anuncios de conciertos y musicales en los postes, caminando de regreso a casa por las calles recurrentes, al salir de la primaria con el sol de mitad de día; memoricé los pastos verdes y los campos de futbol del poli, recogiendo de mis senderos sabatinos las hojas que el otoño alfombra, cuando la mañana le presta la claridad a la tarde. Coleccioné, hasta diluir mi niñez, tarjetas de superhéroes y de toda clase de deportes, aunque jamás me gustó el béisbol pues desconocía las historias de los peloteros que abandonaban el caribe en los dormitorios entrañables de alguna embarcación sin fortuna, renunciando a los juegos en domingo detrás de los cañeros, de bases improvisadas y jardines de grava a cambio de una tierra fría sin tabaco ni ron, ni café, desconsolada, poblada del desconsuelo de los desconsolados, de los náufragos, de los arrepentidos, de los soñadores y quimeras, de la colonización; globalización, digo.

Encontré un par de golpes, poco sentido de disciplina y la catarsis de un edema, o algo menos serio, que habría de tirarme al pavimento durante unos quince minutos, en compás de las catas y el ridículamente hostil entrenamiento de un arte marcial al que nunca encontré etimología alguna, esa razón imperturbable con que a sí misma deba pronunciarse y entenderse cuando lleve encima, y sobre todo consigo, toda la carga de lo que pueda significar a solas; así, pues, nos procuramos poco afecto. Me recuerdo casi al génesis, a la orilla de un mar cubierto de pasado, al final del cauce donde las memorias encuentran concilio y se debilitan en el muro insonoro, irremediablemente estéril e inalienable; donde parten los recuerdos pretéritos que no pueden dar un paso más atrás, donde fraguan inmóviles y vienen de vuelta, ocasionalmente, las incepciones fulgurantes. Me pinto de pasado bajo una portería en algún campo enlodado, cuidando el área de mis rivales y los balones a la cara, caminando en pantalones cortos a La Conchita y los alrededores del jardín Hidalgo, luciendo de motín mis rodillas raspadas al salir de La Siberia, mis cicatrices furtivas, luego de abandonar el campo de batalla, unas horas detrás, media docena de infantes renuentes y yo, y el residuo de una sonrisa sin pendientes si mi helado de mandarina no resbalaba al adoquín.

Tengo la palabra de mi padre tatuada en muchas notas breves, a veces cartas como bitácoras suyas, otras como disculpas o quizás un ejercicio para batir la soledad. Generalmente me dibujaba con bolígrafo negro un sol, el mar, flores, un velero, un cangrejo o la luna. Me regañaba o incitaba a portarme bien con la maestra Inés y me alentaba a salir de la guardería sin alguna llamada de atención o una lesión prominente. Mi padre encontraba despierto el alba arreglándose para ir al trabajo y la noche lo sorprendía somnoliento y con un avanzado cansancio; como fuera, yo dormía con las paradojas nocturnas a mí alrededor y una habitación oscura, de colores que no recuerdo ni dimensiones familiares a mi alcance. Desconozco el destino de esos papeles que guardé sin orden unos años, que enuncian mi historia temprana y conservan entre dobleces asimétricos los rastros de alguna catarsis, por poco de insolente anarquía, que fueron quedando al fondo de un cajón como quedó detrás el sopor de la inocencia que fragua de momentos y escurre como agua cristalina en ocasiones.

Me fascinaban los viajes a la playa en verano, el olor a sal en malecón mientras compramos dulces de coco; en mis empeines, cada noche de regreso al hotel, la arena para no extrañar el mar hasta la mañana siguiente. Los desayunos en La Parroquia eran un letargo de mis ansias de llegar a empaparme de sol a Boca del Río, dibujar senderos con mis pies calientes y descabezar camarones celando el horizonte en una hamaca, descifrando entre azules y nubes alguna teoría cartográfica aprendida en una de esas enciclopedias infantiles. Crecí con un lazo jarocho sin tenerlo de sangre, quizás mi patria es el café, mis padres adoptivos dos lancheros y mi hermana la quimera de la luna nocturna dispersa en las olas. Nada más me une a Veracruz que su belleza y el placentero viaje entre potreros, ingenios y refinerías hasta sus faldas. Siempre su son, los niños que lanzan sus sueños por la borda del puerto, sus suelos y el rastro del virreinato, la brisa fresca fragmentando la quietud de sus palmas, su Fuerte, su Antigua, la cocina entre olor a leña de los pescadores de Antón Lizardo y la muerte de los días caminando en los rompeolas para darle vida a las noche huapangas.

El estudio de la casa guardó siempre libros de química, matemáticas y física en sus rincones, mi padre los preservó durante años entre tablones a los que nombraba sin causa libreros que, sin reservas, confundo a veces con un existenciario abrumado e inmóvil del linaje de mi apellido primerizo; sí, algunos de esos objetos que como instrumentos alcanzan su utilidad inerte, no en la razón de ser percibidos a nuestro encuentro sino, que en su forma, contienen un sentido dado prematuramente. Eran tantos libros quietos que pierdo la cuenta en el intento, crecí con las hostilidades del algebra, ordenando las novelas por colores y tamaños; cinco ó seis veces El Principito sentenció mi imprudencia de leer el final de los libros, fue el primero que recuerdo haber abierto, me encantaba seguir la historia por las ilustraciones y tuve mis pininos intentos de terminarlo. “… Lo esencial es invisible para los ojos.”, hasta la fecha comienzo a descifrar que la inocencia no es un conjunto de especulaciones cubiertas por las ropas de la adultez sino que, quizás, mis ojos han dejado de mirar los objetos inamovibles a mi alcance porque me circunda la tesura infértil del insomnio, como se piensa, de la falta de sueños infantes, o en su caso la pérdida de la vista.

Dormí varias veces sobre el lomo de las obras de Dumas, Verne y recurrentemente Wilde de donde, presuntamente entre los misterios de su esteticismo y dramaturgia, seria extraído mi segundo nombre: Ernesto, quizás también por el fanatismo de los setentas y las estrellas rojas mirando el sol anaranjado sobre las gastadas mantas negras, quizás el capricho de un sueño o la voluntad del que fuera dueño de mi destino en ese instante frente al juez, mi padre. Mi niñez avanzó ya con ambos nombres, uno de historia y otro de pura sangre, con la prosa francesa y británica esculpiendo las esquinas de mi repisa de libros, con los cuentos de Márquez y sus coroneles, sus náufragos y su Magdalena escurriendo entre ríos de tinta ensangrentada, Macondo y otros tantos; con los desayunos en casa de la abuela los domingos, las mañanas frescas en el campo, las fotos en Cruz Blanca y el camino de polvo a Agua de Leones, los vespertinos retornos a la Venta por las veredas doradas, las tareas de matemáticas en sábado, los churros rellenos del jardín Hidalgo, los resúmenes de las monografías, mi cuaderno de música, la guitarra, siempre la guitarra en celo; mi romance precoz y sin intermitencias con el café de papá, mis primeros nudos de corbatas coloridas, mis balones ponchados, las camisetas sucias, mis pantaloncillos enlodados, mis guardianes al este, las clases de inglés con la nana, mi malecón constante y el sureste pendiente, algunas cicatrices, dos síntomas y un calendario insolente sin ganas de tregua.

Caminando hace una noche sobre Sonora, sacudiendo las piedritas empotradas en mis suelas, luego de haber saboreado el último resto de coca con nieve de mandarina de la Roxy, el parque México me devolvió, en una de sus banquitas de tronco, un pasaje escondido en las sombras de mi cabeza. Recordé que, como los libros, las memorias enterradas en alguna parte sin ser reabiertas, empolvadas tras los utensilios de moda recurrentes, quedan abstractas de valor, de alguna manera absueltas de cinética, como estampillas pero familiares siempre a la razón con harta consecuencia algunas y, sin embargo, insolubles sobre los laberintos de la mente; vagas, náufragas de nuestro presente cotidiano, irreductibles pero nunca negándose a la posibilidad de estrenar un nuevo día olvidadas tras una noche extinta. Entonces se restauró en mi cabeza un hecho inefable mientras el sabor de la Condesa se diluía al abandonarla rápidamente, como quien se escapa de cualquier cosa; a la vista, Insurgentes me rescató de las prolíferas imágenes que azotaban mis sienes.

Los poros de mi piel parecen salirse de ella, los diminutos vellos de mis brazos forman arcos asimétricos sobre la dermis de gallina. Resulta que, ya gastada mi niñez, alrededor de los diez años y al umbral de la tarde de algún sábado de verano, mi padre y yo regresábamos del estadio azulgrana luego de sufrir el triunfo de, por supuesto a mi empírico análisis, una de las mejores oncenas futboleras que ha vestido la camiseta de la universidad nacional aunque, inerte a prefijos de catálogo y difusión masiva, se alejaban vanamente de un título que inauguraba los noventas y atravesaba la mitad de la década con tal desenfado y sequía que, sin grandes relevancias ni auspicios, nutrieron notablemente aquella selección nacional de desencanto que regresó eliminada de la copa mundial, lógicamente. Como han de averiguar con ligereza, todo tenía que ver con futbol; uso un pretérito simple ya que estrenando la pérdida gradual de la vista, ahora poco, y nada, tiene que ver con el juego de pie y pelota. Bueno, sabrán de las dificultades de lo que tiene que ver y no cuando uno pierde la capacidad de estrenar la luz a través del nervio ocular. Pues, “Lo esencial es invisible para los ojos.”.

Aquella tarde luego del partido, asoleados y con la fatiga de una tortuga, tomamos en Insurgentes un camión que atravesase el vientre de la ciudad hasta el norte. Las salidas de fines de semana, en realidad las de entre semana también, los viajes, las visitas a la abuela y las cansadas excursiones a casa de mi tío Juan, albergaban siempre una pausa en el trayecto de regreso a casa que mi padre adornaba con una visita al baño. No hubo vez alguna, nunca jamás, que mi viejo pudiera contenerle a su vejiga poco educada las ganas, increíblemente urgentes, de asistirse una de las primeras y, desde luego, básicas necesidades una vez que, ya saben la historia de los hechos, nos hemos reconocido por vez primera como humanos, entonces sí, y habremos en algún momento del curso de la vida y las cosas, y la suma de ellas, acostumbrados a los otros semejantes y a los objetos circundantes como agujas en nuestro entorno, escalando sobre los ahora complejos y agudos problemas epistemológicos, preceptos y concepciones de relaciones, interacciones, costumbres, aprendido a no orinarnos en las calles de la ciudad, en el camión o en el delirio de llegar al baño de un centro comercial.

Una vez que mi padre abrió las compuertas a una fugaz sonrisa, habiendo exhalado un aire de victoria como quien termina un laberinto rebuscado del semanario, recorrimos brevemente los pasillos de la pequeña plaza, le anuncié mi propósito con connatos de berrinche para dirigirnos a la cartelera de cine a buscar un pretexto para matar el sábado. Una vez negada mi propuesta sin derecho a réplica y, por tanto, dese luego sin debate, tras un rotundo no de esos que cortan el aire hasta los tímpanos y van deshaciendo los muros de los instintos y deseos, nos dirigimos, como quien no quiere la cosa, al parque México y sus senderos de grava. Sigo sin reconciliarme con el miedo, aún cedo prematuramente a sus encantos, antes que el juicio que corresponde litigue a mi favor devolviéndome el sosiego a cualquier hora, sobre todo el vespertino que, una vez relatado lo acontecido, entenderán su ausencia.

Aquella tarde, curiosamente, el parque se pintaba vacío, tanto que se podía escuchar el solfeo de las hojas golpeándose, las de los altos árboles y las de los pequeños arbustos, el lago estaba quieto, caminamos a la pérgola sin cruzarnos, ni por equivocación, con algo semejante a un peatón; el concurrido y habitual sitio de taxis no tenía una sola alma, por supuesto tampoco algún desalmado, así, pues, recorrimos el inusual trayecto hasta abandonar el oasis del hipódromo y nos dirigimos al pequeño supermercado que lo circunda; el puesto de flores no estaba, no había un solo auto, dato que olvidé poner en cinta pero que, como deben saber los eruditos y los no tantos de la zona, estacionarse en los alrededores del parque, en general de toda esa gran área de comida al aire libre llamada colonia Condesa, es un fastidio. Escaso algún adjetivo casualmente lógico o que fuese ligeramente circunstancial, no encontramos respuesta al desértico paisaje del corazón de la Cuauhtémoc. El súper ya no estaba, algo lo habría derribado, y el olor a pólvora impregnaba la zona, había casquillos de todos los calibres, los educados ojos de mi padre reconocieron los del fusil Avtomat Kalashnikova de 1947, me explicaba el sobrenombre de cuerno de chivo por la apariencia del cargador, mientras su voz se desgastaba lentamente a causa del miedo que enmudece y entume las palabras hasta consumirlas en una efímera exhalación colateral, apaciguó su aliento hasta las puntas como si se desaguase una presa pero que también abre la puerta al sopeso, a la nada, al exilio del equilibrio y la contención.

Sin darnos cuenta, circulábamos por una calle que lejos estaba de merecer tal nombramiento, nos adentramos en una nube espesa de humo y vapores de azufre, como si el telón de algún cataclismo bajase sobre las bambalinas de un anfiteatro, de nuestras escenas grises y los cielos muertos. Los muros de los edificios estaban en ruinas, escombros, olor a sangre y carne fresca sin rastro, seguíamos en el desentendido extraño de la ausencia de toda persona, al menos con vida, de todo por ahí andando dolorosamente, nadie aún en el ardid de ser encontrado. Caminamos sobre la cada vez más desconocida Condesa, los bares vacíos, las mesas puestas, un poste de luz atravesado, los semáforos apagados, las casas allanadas y saqueadas y aún nadie; pareciera un sueño empotrado en una escenografía de cartones y efectos básicos, de principiantes, pero no, el olor delataba lo “real”, lo filtraba de cualquier cosa que pudiera no estar a mi alcance sensorial, ese momento empírico, rapidísimo, fugaz en que uno se sabe en un momento, un breve ensayo existencial donde uno es y está entre los objetos gráficos y uno mismo. Durante la marcha, cuando el paso se entregaba a las pausas, sin poder siquiera recordar un camino de vuelta a Insurgentes, a la plaza, al parque, al paradero de ruta cien, perdí el rastro de mi padre, se disolvió como café en agua hirviendo, se mezcló como el óleo a las banquetas desgastadas, al majestuoso gris; su voz soltó un grito ronco, Ven acá, conocía esa voz irritable que dicta, A dónde, pregunte temeroso, Pues acá, ven. Un horizonte blanquecino, magníficamente luminoso y los pocos restos de luz que llegaron a colarse por las ventanas de mis parpados cerrados fueron las últimas cosas que recuerdo de ese día.

No sé cuántos años después abrí los ojos, me tomó más de una semana enfocar alguna cosa. Desperté una mañana de octubre con mis extremidades algo frías, como si hubiesen guardado los años quietas, mis manos estaban hinchadas igual que mis pies, los pliegues que cubren los ojos tardaron en despegarse un tiempo a considerar de poco hábito. Llevo treinta y un días despierto, me reencontré la luz hace treinta noches, suspendí mi letargo con hambre, un poco de sed y un frío algo irregular. Abrí la llave del lavabo, el agua jamás quiso desescondérseme y salir, oriné lo usual, llevaba puesto un pantalón negro, una camisa a rayas y un peinado extraño según él espejo. Salí al balcón, reconocí el parque España a una calle, el cielo estaba normal, como todos los demás azules. Bajé una vez empotrados mis pies en unos zapatos que parecían esperarme en la sala del pequeño y oscuro departamento, llevé mi mano al bolso izquierdo delantero y encontré una cantidad no poca pero no mucha de dinero en billetes doblados. Mi reencuentro con el mundo, por decirlo de algún modo, y disculpen la expresión fortuita y contenida por su propio nombre, con la vida, fue ridículamente perezoso. Comencé a recordar mi niñez, perfectos fragmentos narrados aquí mismo en las primeras líneas, no más, desde luego, ni antes tampoco. Mi memoria tambaleaba constantemente como sobre un manto congelado. Salí, reconocí la zona, regresé desconcertado. Calculé enseguida mi edad por la fecha de un periódico amarillista, treinta de octubre de dos mil doce, habrían pasado algunos diez y ocho años de mi último día de niñez, no sé nada de mis padres, deben estar mayores, mi hermana debió haberse casado, quizás tenga un hijo o un par de ellos; tres, desconozco.

No sé quién me trajo a este departamento, busqué en el directorio y no encontré rastros familiares, no distingo lo básico para tomar un transporte que me lleve a lo que creo sigue siendo “la casa”. Casi no veo, he perdido la vista considerablemente. Extrañamente de los grifos de mi pequeña morada no cae agua, parece que no la necesito o quién me haya postrado aquí pareciera que pensó que era inútil hacerme de ella. Cada mañana aparece la misma cantidad de dinero, como para que pueda andar en un mundo donde circularlo es indispensable, la esencia de una base económica desentendible a su causa, claro, tan involuntaria a nosotros pero formada por el conjunto y la suma de esas relaciones de los hombres, de las cuales hasta yo en mi condición sigo formando parte. Como poco pero parezco no necesitarlo, también creo que es por la costumbre y lo rarísimo que sería verme de pie más de cuatro o cinco días sin ingerir nada. Me he encontrado vecinos que parecen no reconocerme; incluso, una vez, en un paso torpe hacia abajo por un escalón, casi tropiezo encima de una chica que me habita al lado, creí tirarla a contrapeso pero con un movimiento lleno de desdén evitó cualquier contacto inoportuno. Yo la sentí, pero ella parece que ni quiso notar que yo casi le caigo en un descuido. No he hablado con nadie, he salido solo la mitad de estos últimos -o primeros- días, hoy, en mi día treinta y uno despierto, sigo sin conciliar lo entendible o mi entendido de las cosas, las de esas básicas. Parece que no existo a la gente, parece que le soy indiferente, “Lo esencial es invisible para los ojos.”; sin embargo, mantengo mi relación física con los objetos, puedo escribir, erguir la pluma y llevar su punta hasta que corte el papel con su tinta; tomo, en ocasiones, los únicos cubiertos que hay aquí para comer algo, puedo leer el periódico, los libros de viejo sobre el piso cerca del metro Chapultepec.

No extraño a nadie, tampoco parece que alguien lo haga conmigo, la melancolía ha pasado a términos posteriores e inferiores. No sé cómo llegué aquí, jamás supe nada más de las cosas con las que iba creciendo, me perdí el fastidio de la adolescencia, mis libros pendientes, dejé un mundo de cosas por hacer, bueno, melancólicamente dejé un mundo aunque menciono a la melancolía por compromiso con mis lectores porque parece que soy asintomático a esos padecimientos de la soledad. Como, excreto, ingiero, duermo y veo poco, entiendo que no lo necesito pero lo hago por hábito, no he vuelto a sentir el agua, las ansias, la impaciencia, la ira, las ganas ni, nada raro, el calor. En general, siento mis alrededores y a mí en pequeñas cantidades, no me ha crecido un solo vello de la cara, ni un solo centímetro el cabello en estos últimos días, parece que le soy inmóvil al rodar y al curso de la vida, que me ha apartado pero de algún modo sigo en ella. No me duele nada, no he vuelto a sentir frío, camino con la misma ropa con que amanecí después de diez y ocho años. El único sentir que recuerdo haberle devuelto a mi interior –o exterior- es el miedo, inexplicable entiendo, cada que recuerdo lo sucedido aquella tarde de verano mi cuerpo se paraliza aunque pasa casi instantáneamente. La Condesa esta reconstruida, si es que alguna vez se derrumbó a ruinas, parece una fonda otra vez; Insurgentes está de nuevo, el súper tiene otro nombre pero anda por ahí en el mismo sitio, el metro Chapultepec tiene las mismas entradas, alguien debió levantar todo después de esa rara tarde o quizás nunca se cayó nada.

Hace una noche, luego de la mencionada nieve de mandarina con coca y mi recorrido por el parque México que me trajo las más recientes memorias, las más frescas de la última cosa que recuerdo haber visto claramente, esa tarde tras el partido, la extrañísima soledad, las balas, el olor a pólvora, la sangre, los muros caídos, los postes tirados sobre el pavimento, el resplandor sombrío y gris, la figura de mi padre caminando hasta disolverse en su voz, ese resplandor luminiscente e inefablemente intenso y no más; al fugarse la Luna no recordé nada más.

martes, 10 de diciembre de 2013

Qué genio.

Vía @Serxiuxo

En una actividad académica sobre comprensión lectora, coincidí con este fragmento de "Los genios no nacen, ¡se hacen!", de Camilo Cruz.

En fin, meditan sobre eso; cito el documento completo.

"Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química, contaba una anécdota que es un gran ejemplo del espíritu creativo que engendra el éxito. La historia cuenta que, en cierta ocasión recibió la llamada de un colega que estaba a punto de ponerle cero a un estudiante debido a la respuesta que había dado al resolver un problema de física, a pesar de que admitía que su respuesta era correcta.

La pregunta del examen era: “¿Cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro?”

Para quienes conocen la teoría en cuestión, quiero recordar que el barómetro es un instrumento parecido al termómetro, utilizado para medir la presión atmosférica. La teoría dice simplemente, que la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura de ambos lugares. De tal manera que la respuesta obvia era medir la presión en el primer piso del edificio y luego medirla en la azotea, para así determinar la altura del edificio.

Sin embargo, el estudiante había respondido: “Llevo el barómetro a la azotea y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la altura del edificio”.

Realmente el estudiante había planteado un serio problema al resolver el ejercicio, porque había respondido a la pregunta completamente. No obstante, esta respuesta no demostraba su dominio de los conceptos teóricos que el maestro quería evaluar. Rutherford sugirió que se le diera al alumno otra oportunidad. Se le concedieron seis minutos para que respondiera la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia, de que, en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

Rutherford relata: “Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si no sabía la respuesta, pero me contestó que tenía muchas respuestas. Su dificultad era elegir la mejor de todas”.

En el minuto que quedaba escribió la siguiente respuesta: “Tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronometro. Después utilizo el tiempo de caída y la constante de aceleración para calcular la altura del edificio”.

El maestro no tuvo otra opción que darle la nota más alta a pesar de que esta respuesta tampoco ilustraba la teoría en cuestión. Al salir de la sala de clase, Rutherford le preguntó al joven qué otras respuestas tenía. Bueno respondió: “Hay muchas maneras, por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado, mides su altura y la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción obtendremos también la altura del edificio.

También puedes tomar el barómetro y marcar en la pared su altura una y otra vez hasta que llegues a la azotea. Al final multiplicas la altura del barómetro por el número de marcas que hiciste y ya tienes la altura del edificio. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puedes atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta que la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular sin duda, la altura del edificio”.

En fin, concluyó: “Existen muchas formas de hacerlo; probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con éste la puerta del portero del edificio y cuando abra decirle: -Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro, si usted me dice la altura del edificio se lo regalo”.

En este momento de la conversación, cuenta Rutherford, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema, que consistía en medir la presión atmosférica en el punto más bajo del edificio, luego en el más alto, y calcular su altura de esta manera. Evidentemente el estudiante afirmó que la conocía, pero que sus profesores habían querido enseñarle a pensar creativamente y eso era lo que él quería hacer.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, quien obtuvo el Premio Nobel de Física en 1922” (Cruz, 2003: 47-49)."